Javier Padilla

El blog de Javier Padilla

thehatch

Cofundador de Nabumbu, El Desmarque y otras historias. Programé mi primera web en 1997 y, desde entonces, diseño, programo, escribo y hago marketing online decentemente.

Mi amigo no es un mendigo

De pequeño era algo díscolo. Creaba estilo con su forma de vestir incluso antes de que Kriss Kross pusiera de moda aquello de llevar la trasera del pantalón hacia delante. En la década de los 90, cuando estábamos en el instituto, era habitual escuchar que había pintado esta o aquella pared. Intentaba desarrollar su propio estilo como grafitero en los ratos en los que no patinaba o se rodeaba de gente “malota” para fumar unos canutos.

Pero siempre fue un tipo entrañable. 

Me acordé de ti el día que murió Michael Jackson […] sentí como si lo hubieran matado”, me dijo con la misma mirada de siempre.

Sus dientes dejan entrever que la heroína ha hecho estragos en su cuerpo. Y su pelo me indica que la ducha y él están en esa difícil fase de escarceos sin aspirar a nada regular.

Tras estrecharme la mano me pregunta por mi vida, por el trabajo, por cómo estoy. “Te veo muy bien”, comenta con una mirada que, no por algo perdida, deja de tener su sello. Un par de minutos antes ha llamado mi atención. “¿Javi? ¿Eres tú?”, soltó con cierta sorpresa sacando la cabeza de un portal en el que solo le acompañaba un pedazo de cartón ahuecado para recoger monedas.

Está pidiendo en la calle. Ha pasado en ella varios años, y no siempre ha dormido bajo techo durante la parte más difícil de la travesía. “Ahora tenemos —desconozco quiénes le acompañan— una casa donde podemos dormir y esoLa calle es muy dura, ¿sabes?”, asegura sin moverse apenas un palmo de portal en el que esté sentado. Tiene la espalda apoyada en la puerta, sus delgadas piernas flexionadas y los brazos, cruzados, apoyados sobre ellas. Nunca tuvo una complexión gruesa,

Gracias a Dios, ahora las cosas van un poco mejor. Fíjate… Yo ahora creo en Dios”, añade a la conversación, que salta de tema en tema, sin mucho orden.

No tiene a su lado ningún cartel que diga “Dame dinero, estoy en el paro” o “Tengo una familia a la que alimentar”. Su cara lo dice todo. Y esa forma tan peculiar que tiene de mirar hacia arriba, con sus ojos claros, como un niño pequeño que pide ayuda a sus padres, hacen que huelgue cualquier mensaje. Pide ayuda a base de silenciosos gritos, de frases llenas de emotividad, de recuerdos. No somos pocos, seguro, los amigos que pasamos a diario a su lado porque está en una zona muy transitada de la ciudad.

No recuerdo bien a sus padres, pero no debió ser nada fácil para ellos echarle de casa. “La droga o nosotros”, debieron decirle. Él, ante la diatriba, optó por ignorar el camino de los ataques de pánico, el sudor, las convulsiones y los placebos que rodean a la metadona. “Demasiado sufrimiento para, encima, tener que pensar cuando acabe en el futuro y mirar siempre de reojo la amenaza de la aguja”, pensaría alguien que nunca pareció preocuparse demasiado por nada.

Entré en el comercio al que me dirigía, antes de encontrármelo, y al salir con la compra solté en su mano algo de cambio. “Gracias. Es demasiado, tío”, me dijo, cogiendo el dinero como si realmente no lo necesitara para sobrevivir. Su mirada, sin embargo, además de agradecimiento, mostraba un gran alivio. Para bien o para mal, le acababa de ayudar a llenar sus venas. Si es de nutrientes o de veneno placentero nunca lo sabré.

Hasta luego y que tengas mucha suerte”, le dije antes de darme la vuelta y caminar durante 20 minutos hasta casa. Sonaba por los auriculares “Under the bridge” (Red Hot Chili Peppers), dentro de mi lista “Juventuza 90” de Spotify. La canción me transportó un puñado de años atrás, cuando en la pandilla jugábamos a ser mayores. Unos años donde las resacas duraban unas pocas horas, nada parecía suficientemente peligroso o duradero y el futuro era algo lejano y en nada relacionado con el presente. Una época en la que la vida parecía ser un juego en el que, por mal que cayera el dado, la partida nunca terminaría debajo de un puente. Nunca, jamás, con un amigo mendigo. Suerte.

Author: Javier Padilla

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