Javier Padilla

El blog de Javier Padilla

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Cofundador de Nabumbu, El Desmarque y otras historias. Programé mi primera web en 1997 y, desde entonces, diseño, programo, escribo y hago marketing online decentemente.

De periodismo, yihadismo, ética y miedo; una reflexión sobre el Atentado en Las Ramblas

Una furgoneta entra en Las Ramblas y atropella a decenas de personas. Hay varios muertos y decenas de heridos. A los pocos minutos Twitter se llena de imágenes, vídeos y comentarios en directo sobre la tragedia. Casi al mismo tiempo se producen oleadas de odio, amor, censura y ética. En un corto lapso de tiempo hay que recibir el impacto, saber cómo te vas a posicionar y emitir o callar.

Es media tarde y los periódicos no juegan por el momento. Se tienen que dedicar a elaborar, para el día siguiente, piezas que interpreten al lector lo que ha pasado. Pero, claro, en el último ERE salieron los últimos compañeros con fondo de armario suficiente como para hacer eso tan difícil de “interpretar”. Habrá que tirar de columnistas y meter opinión, mucha opinión.

Los digitales se van a escudriñar las redes a ver qué pescan rápido. Las agencias llegan tarde, como el inspector de las pelis, con su gabardina y su sombrero, pero sin fotos ni vídeo. Total, ya hay por ahí decenas de piezas temblonas en vertical y con audio confuso para meter en la batidora.

Las teles empiezan a mirar qué hacen con la escaleta y las radios —¡benditas radios!— suelen ser las únicas a la altura de las difíciles circunstancias. Como en todo buen atentado que se precie, el de Las Ramblas sirve para que alguien diga que Telecinco sigue emitiendo Sálvame o que Canal Sur está con algún programa para el target sexagenario. Favoritos y retuits asegurados.

Cientos de compañeros se encontraron ayer en alguna de las situaciones anteriores, en periódicos, webs, televisiones o radios —¡benditas radios!— con recursos similares al del presunto indocumentado que, móvil en mano, se ha dispuesto a hacer de reportero sin que nadie se lo pida. Los medios sólo tienen más seguidores y, presuntamente, más habilidad para manejar sucesos en desarrollo.

Pero, como en anteriores ocasiones, el pánico se apodera también de muchos periodistas y gestores de comunidades. A ellos no los atropella una furgoneta, pero sí un ente deforme, oscuro, que devora la confianza del informador hasta dejarlo sin la autoestima que requiere pensar con templanza.

Sin confianza pensamos mal. Sin seguridad nos sentimos vulnerables. Sin faro no sabemos dónde está el norte.

Y, desnortados, empezamos a retuitear cosas sin confirmar. Arrancamos a interpretar de forma torpe y, como no nos sale, acabamos haciéndonos eco, con dos o tres cambios, de un tuit ingenioso de algún tipo que, sin ser periodista, lo ha clavado. Eso no quita que a tu medio le caigan 20 trolls encima. Hagas lo que hagas, te caerán. Independentistas, nacionalistas, fachas, comunistas, progres, retros, punks… Todo el mundo tendrá algo que decir de tu trabajo. Porque hoy hay que tener algo que decir, y si es en tono sancionador, justiciero y, si me apuras, ejecutor, mejor.

Estará el jefe a punto de llamar para decirme que no he metido X y lo ha visto en Y”, resuena en la cabeza. Porque el jefe siempre está en estos casos enganchado a Twitter, con el cuello tensado y el pulgar desgastado, viendo quién corre más.

Ser el primero para Google. Ser el primero para Twitter. Ser el primero para que te crucifiquen por ser el primero.

A vuela pluma publicamos material sensible sin pixelar y volvemos a escenificar al pollo sin cabeza que tanto daño hace a lo que queda del oficio. Nos falta el aire y sentimos que no podemos correr más. No nos sigue ningún yihadista pero tenemos miedo, inseguridad, falta de autoestima.

Dos niños fallecidos, uno en Siria y otro en Las Ramblas, ¿por qué un tratamiento distinto?

Ya que hemos publicado las fotos de algún pobre muerto, nos autoconvencemos. “Esto es noticia, es actualidad, tengo que darlo por responsabilidad”, te repites. El niño inerte de Las Ramblas es como aquel de la playa, el inmigrante ahogado, y hay que ponerlo bien grande, o pequeño, ¡o ponerlo!

El niño de la orilla necesitaba el foco para que el mundo fuera consciente de la tragedia que vivía su Pueblo; el de Las Ramblas necesitaba tranquilidad para digerir que había pasado a ser, para siempre, el mimo más popular de la avenida más bonita del mundo

Obvias un detalle fundamental: el niño sirio necesitaba que alguien le escuchase porque su drama no tenía escriba, foco ni escenario. Los niños sirios, ¿eran blancos o negros? ¿Vestían bien? ¿Van al colegio? ¿Comen a diario? El de Las Ramblas necesitaba paz en el más amplio sentido de la palabra. Jugaba, feliz, hace 5 minutos. Lloraba, si acaso, para que le compraran otro helado en la terraza o miraba, ensimismado, a uno de los mimos que el 17/8 se quedaron congelados. El niño de la orilla necesitaba el foco para que el mundo fuera consciente de la tragedia que vivía su pueblo; el de Las Ramblas necesitaba tranquilidad para digerir que había pasado a ser, para siempre, el mimo más popular de la avenida más bonita del mundo.

Yo no voy a juzgar, porque no soy nadie, a quien pone fotos de mutilados en las portadas. No olvido que mi oficio, aunque ya no lo ejerza, tiene como función denunciar las cosas que necesitan ser denunciadas, poner el foco donde otros quieren oscuridad y hacer de altavoz de los mudos.

Tampoco olvido que el producto de mi oficio llega a las personas y provoca en ellos distintas reacciones: odio, amor, ternura, indignación… Y, ¡ay de quien no provoque nada!

¿Qué necesitábamos propagar tras un evento tan desagradable? Paz, calma tensa, capacidad de reflexión, freno al odio, capacidad de interpretación sobre lo sucedido, herramientas para que cada uno saque conclusiones —las que quiera— y, sobre todo, datos objetivos que sirvan para algo. Necesitábamos propagar opiniones jugosas donde el jugo son los datos que te permiten pensar con más recursos.

Y, miren, a mí la foto del niño, por objetiva que sea, sólo me provoca tristeza, impotencia y ganas de venganza. Me hace ponerme en la piel de tío y pensar que uno de ellos es un sobrino mío. Entonces se me hiela la sangre y quiero evitar que se produzca otra imagen igual, como sea, y entonces me puedo ir a Twitter a responder, al primero que vea, algo así como “¡Hay que acabar con los putos moros!”.

Ahí no funciona mi córtex, sino la amígdala, la parte del cerebro que se deja llevar por el miedo y que, presa del pánico, tuitea gilipolleces sin que las capas superficiales de la materia gris puedan hacer nada por evitarlo.

Al publicar la foto pensamos que todos los receptores tienen el cerebro amueblado, son cabales, equilibrados, doctos en la materia del yihadismo y conocedores de los entresijos del Islam. Pero no es así.

Porque al publicar la foto pensamos que todos los receptores tienen el cerebro amueblado, son cabales, equilibrados, doctos en la materia del yihadismo y conocedores de los entresijos del Islam. Pero no es así. Los receptores se parecen mucho a la caterva de periodistas que, sin referentes a su lado, hacen lo que pueden entre tanto estímulo contradictorio. El problema no es la edad, ojo, sino el ejemplo ante el que crece un informador. Los periodistas necesitan espejos y los de hoy están, en su mayoría, rotos, cascados o solo reflejan miedo.

En los ataques del 11S fueron los aviones y, después, los desesperados saltando desde el infierno. Morir quemado o morir, con suerte, de un infarto antes de llegar al suelo tras saltar de la planta 100. Así me imagino yo a muchos periodistas el 17/8. ¿Qué prefiero? ¿A un troll o a mi jefe? ¿Una bronca por llegar tarde o una bronca por publicar a un niño inerte?

En ambos casos es el miedo quien toma las decisiones. Así que, seas o no partidario de publicar fotos de este tipo, entrénate para no tener miedo. No intentes ser el más rápido. Sé el mejor. La mejor cadena de tuits de este atentado —a mi juicio— vino del New York Times, de una periodista que esperó hasta contactar con su fuente en España y pudo hacer un análisis detallado de lo sucedido, aportando, incluso, datos que aquí aún estaban por confirmar.

¿Eres tuitero o eres periodista? Puedes (debes) ser las dos cosas, pero siempre, absolutamente siempre, sin miedo.

Resumen
De periodismo, yihadismo, ética y miedo; una reflexión sobre el Atentado en Las Ramblas
Título
De periodismo, yihadismo, ética y miedo; una reflexión sobre el Atentado en Las Ramblas
Descripción
Los medios de comunicación se dividen a la hora de publicar o no la foto de un niño muerto en Las Ramblas y lo comparan con el niño sirio ahogado.
Autor

Author: Javier Padilla

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